EL SUPUESTO OCASO DE LOS TERCIOS

Rocroi, 1643: La bella derrota

La batalla de Rocroi (1643) sirve para marcar el punto final de la hegemonía militar del Imperio Español y el ocaso de su columna vertebral: los soldados veteranos de los Tercios de Flandes.

El último tercio de Ferrer Dalmou

 

Autor: Duque de Alba

La contienda contra las tropas francesas, que por algunos momentos pareció cerca de caer del lado hispánico, acabó desembocando en un desenlace heroico donde un enorme y único cuadro de picas resistió hasta que, desfallecidos y sin pólvora, tuvieron la sacrificada hazaña de arrancarle una rendición ordenada al duque de Enghien. Esto era como si de defensores de una plaza fuerte se trataran. La cercanía de los refuerzos españoles y  la afanosa complejidad de reducir a esa horda de homicidas castellanos –los gabachos en sus crónicas los calificarían de  “muros de carne”–, obligó al francés a ceder unas condiciones tan generosas que algunos historiadores han llegado a estimar de empate el resultado de la batalla.

A pesar del descalabro, que lo fue de envergadura, 1.000 veteranos muertos, 2.000 heridos y  3826 prisioneros (2.000 fueron repatriados al año) –por cierto que los franceses tuvieron más bajas: 2.000 muertos y 2.500 heridos–-, basta con revisar los acontecimientos del periodo para descubrir que, al año de Rocroi, España se impuso con una  superioridad aplastante a los franceses en la batalla de Tuttlingen. Todo seguía igual. El mundo había descubierto  en Rocroi que el Imperio Español sangraba como el resto, pero por el momento alcanzarle un tajo seguía siendo una tarea titánica.

Y sin embargo lo que fue una derrota más moral que militar, se recuerda, gracias al empuje de la historiografía francesa, como el gran y reluciente inicio de la hegemonía europea del rey Luis XIV –el rey Sol–. Un relato que los franceses suscriben encantados y que los españoles hemos terminado por encajar, a regañadientes,  entre nuestros muchos esforzados tropiezos. Un final grave, heroico, con ese aire trágico que impregna nuestra historia y con un pusilánime general  extranjero, Francisco de Melo, al que achacarle gran parte de la culpa. ¡No sin razón!, al portugués le sobraba casi tanta torpeza como de talento militar carecía.

La precisión histórica se antoja tolerable cuando aparece barnizada por el romanticismo de la derrota honrosa. El lienzo “Rocroi, el último Tercio” del pintor Ferrer Dalmau es la palpitante prueba del aura épico del desastre. En el cuadro, de inabarcable detallismo, se observa  como una última compañía de soldados se afana hombro con hombro, acero con acero, pica junto a pica,  a resistir las cada vez más brutales acometidas francesas. La infantería española se cuida de mantener el gesto altivo y desafiante de aquel que se sabe maestro en su oficio; y no se trata de mera pose,  ese “muro de carne” contaba con el honor de ser el grupo de hijos de puta más mortífero de Europa.

Cuadro del italiano Morelli
Cuadro del pintor gallego Víctor Morelli sobre la batalla, dicen derrota, de Rocroi

No todo es altanería. Tras horas de batalla, el agotamiento de los soldados es papable en sus rostros y en lo improvisado de sus harapientos vendajes. La fatiga acumulada, luego de batallar durante más de un siglo y medio contra todo lo que a  su puñetera majestad se le antojaba, dio el auténtico golpe de gracia a los Tercios castellanos. Los problemas demográficos de la península –la hambruna, la expulsión de los moriscos y la emigración a América– hacia cada vez más complicada la tarea de alistar infantes.

Los Tercios desplegaron hasta la batalla de las Dunas, en 1658, –verdadero ocaso de su hegemonía–  una superioridad militar sin parangón desde tiempos del Imperio Romano y que ninguna unidad militar ha vuelto a alcanzar. La bravura de soldados que entendían la honradez y el honor como parte de la misma cosa,  les procedía de  la primitiva furia que el hambre y la crudeza de Castilla  predicaba a sus hijos desde la infancia. Vastos talentos en la guerra que emplearon para pasearse silenciosos –en la batalla no gritaban más que su lema ¡Santiago! ¡Santiago!  Cierra España– por los campos de batalla de toda Europa.  De entre sus muchas  victorias es sencillo localizar cifras que refrendan su arrollador dominio: en la batalla de Gembloux (1578),  las tropas comandadas por Juan de Austria y Alejandro Farnnesio derrotaron a una fuerza superior de  25.000 holandeses, dejando tras de sí: 10.000 muertos holandeses y ¡sólo 20 bajas en el bando hispano!

En un país donde las hazañas militares, a menos que hayan acontecido en la Guerra Civil o contengan un importante elemento de autoflagelación, gozan del desprecio más absoluto, nacido de los complejos  de esta siempre timorata nación, solo las derrotas y descalabros tienen un estrecho margen para el homenaje. Cuando el cine patrio rodó una película sobre la conquista de Granada (1492) lo hizo retratando   a los españoles como salvajes que anhelaban corromper la impoluta civilización nazarí –"Réquiem por Granada"(1990)–; si el objetivo es recrear una batalla de nuestros victoriosos Tercios de Flandes, el único resultado es una derrota, la de Rocroi –Alatriste (2006)–;  si se trata de películas sobre la conquista de América, la deducción siempre es la misma: los hispanos eran unos desalmados  que destruyeron sofisticadas civilizaciones. Mientras tanto, batallas de la trascendencia y audiovisualidad de las Navas de Tolosa, Lepanto, San Quintín o  la defensa de Cartagena de Indias han sido obviadas por el cine, y durante mucho tiempo por la literatura.

A costa de intoxicar la historia y de acortar en 20 años el final de nuestra hegemonía militar, la gravedad y la solemnidad del relato resultante bien merecen aceptar la mitificación de Rocroi. Un ocaso adecuado,  conveniente y cebado de épica, con las tropas españolas abandonadas a su desdicha por los mandos centrales. Si la elección  es eso o la inmensa nada que ocupa tantos heroicos fragmentos de nuestra historia, elijo sin dudar a Ferrer Dalmau.

 

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