EPISODIOS DE LA GUERRA DE FLANDES

¿Era Alejandro Farnesio un temerario?

Genio militar y astuto político, Alejandro Farnesio fue el único capaz de vislumbrar una solución al laberinto de Flandes, también el único con suficiente carácter como para plantar cara al testarudo Felipe II. A todas estas cualidades que le alzaron a la gloria, El Rayo de la Guerra sumaba una virtud que otros consideran su mayor defecto: era un temerario.

Alejandro Farnesio, cierto parecido al San Jorge de Rubens
Autor: Duque de Alba

Hijo de Octavio Farnesio, nieto del Papa Pablo III, y de Margarita de Austria, hija bastarda del Emperador Carlos V, Alejandro pasó su adolescencia en Madrid bajo invitación de su tío materno, Felipe II. Tras estudiar en Alcalá de Henares junto al infante don Carlos –luego llamado el príncipe maldito– y de don Juan de Austria, sus vínculos con la corona hispánica quedaron fuertemente arraigados. No obstante, las obligaciones con el ducado de su padre, Duque de Parma, le alejaron por el momento de la esfera hispánica. En 1571, cuando su tío y gran amigo don Juan de Austria fue puesto a la cabeza de la Santa Liga, Alejandro Farnesio acudió a su lado.

Si bien a mediados del siglo XVI cada vez se hacía más imprescindible proteger la integridad física del comandante del ejército, aún había generales –incluso monarcas, como Carlos V– que continuaban encarnando la tradición medieval de colocarse en primera fila durante la batalla. El Gran Capitán no había dudado en enfundarse su armadura en múltiples ocasiones; el duque de Alba había protagonizado acciones en su juventud a pie de campo; y cuando la costumbre medieval empezaba a extinguirse, una pareja de jóvenes generales, hambrientos de combate, se empeñaron en sostenerla por última vez. Su leyenda comenzó a escribirse en Lepanto.

Conocemos pocos detalles del ejercicio de Alejandro Farnesio en Lepanto, pero nos consta que acompañó a Juan de Austria en la galera La Real. Probablemente, como bisoño en el combate y dadas las circunstancias de la lucha entre galeras, la integridad de Farnesio debió quedar expuesta repetidas veces; el propio don Juan de Austria estuvo cerca de ser herido y por pocos metros evitó cruzar acero con el comandante turco. La experiencia de Farnesio debió ser similar puesto que las galeras dejaban escaso espacio para guarnecerse.

Alejandro Farnesio, en su adolescenciaAlejandro Farnesio de joven

Otra vez alejado de los intereses hispánicos, en 1578, Alejandro Farnesio fue reclamado por don Juan de Austria, junto a los Tercios Castellanos, para acudir a Flandes. El héroe de Lepanto, que había tratado de alcanzar una solución por la vía pacífica, acabó pidiendo, hastiado de las falsas promesas rebeldes, el regreso de los Tercios viejos. En el primer encuentro, la batalla de Gembloux, 17.000 soldados del bando hispano se impusieron a 25.000 rebeldes holandeses –en realidad era un mosaico de nacionalidades, como los propios Tercios–. No obstante, la batalla había comenzado en contra de los intereses hispanos, cuando un capitán español se excedió en sus órdenes y avanzó en demasía, auspiciando que los rebeldes los flanquearan. Alejandro Farnesio, al frente de la caballería, se encargó de alejar las dudas.

Antes de iniciar la carga que determinó la batalla, Farnesio se dirigió a su paje:

“Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy”. 

La victoria fue de entidad, con 34 banderas capturadas y 10.000 bajas holandesas. Sin embargo, don Juan de Austria no estaba nada contento con la actuación de Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida en las repetidas cargas “como si fuera un soldado y no un general”. El Rayo de la Guerra replicó a su tío que “él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado”. Y así lo hizo en posteriores intervenciones, siempre a la vanguardia del ejército, acompañado de la infantería de elite: los soldados castellanos.

Don Juan de AustriaDon Juan de Austria

La amistad de Farnesio y Juan de Austria continúo hasta la inesperada muerte del segundo en Namur. El héroe de Lepanto dejaba tras de sí una carrera militar en ciernes, y un rompecabezas en forma de país. Felipe II confirmó a Alejandro Farnesio como Gobernador de Flandes, el cual acertaría en las dosis correctas de mano dura y diplomacia. La solución definitiva nunca pareció más cerca que bajo su gobierno

Para desplegar sus planes de pacificación, el general italiano primero necesitaba alcanzar una posición de altura a través de una implacable campaña, que vería su punto álgido en la conquista de la provincia de Brabante. Durante ésta se volvió hacer evidente la “temeridad” de Farnesio en al menos 3 ocasiones que le pudieron arrancar la vida.

La primera de ellas se produjo durante el largo sitio a la ciudad de Maastricht. Tras las obras de asedio de rigor, Farnesio, suponiendo menor resistencia, lanzó a la infantería española –para los asaltos y operaciones complicadas siempre la requería– contra las fuerzas sitiadas que la rechazó con un alto coste en vidas para los asaltantes. Entre las bajas se encontraba un pariente de Alejandro Farnesio, Fabio, lo cual provocó la ira del joven general: “Yo voy allá. Yo mudare como general la fortuna del asalto, mudando el orden de asaltar; o como soldado más con mi sangre que con el mando”. Aunque sus oficiales próximos consiguieron que desistiera de sus palabras –más tarde, Felipe II le reprendería por su actuación colérica–, no consiguieron apaciguar su determinación de alcanzar la victoria.

Con estos ánimos se intensifico el asedio; en las obras, que pronto darían sus primeros frutos, Alejandro ocupó posiciones muy  expuestas –estuvieron cerca de herirle– y colaboró, pala en mano, con los soldados. Tras un nuevo asalto, esta vez exitoso, el General Farnesio cayó enfermo de lo que todos suponían la peste. Luego de recuperarse milagrosamente, la infantería le rogó que entrara en desfile triunfal sobre la ciudad, cuyos defensores habían rendido la ciudadela interior. Una importante lección dejaba el asalto: las obras de ingeniería pueden reducir al mínimo los riesgos de un asalto. En Amberes, donde volvería a exponer su persona, se pondría especial énfasis en este aspecto.

Por el momento, las prioridades militares debían claudicar ante las necesidades políticas. Alejandro Farnesio había logrado aunar a las provincias católicas en una misma empresa, la Unión de Arrrás, cuyo primer punto exigía, de nuevo, la retirada de los Tercios Castellanos. Tras conformar un bisoño ejercito con los nativos, Alejandro Farnesio realizó sendas acciones militares; la principal, el asedio de la ciudad de Tournay. Las tropas valonas –los católicos– se comportaron con disciplina durante las obras de asedio pero titubearon a la hora del asalto. Cuando una compañía valona de 50 soldados alcanzó el primer baluarte defensivo, en vez de atrincherarse, los soldados se quedaron festejando la acción; los holandeses abrieron fuego causando un baño de sangre. Mientras, Alejandro Farnesio, furioso por los retrasos, instaba a los artilleros a acelerar sus labores. En esas estaba cuando un ráfaga de artillería enemiga bombardeo su posición. Debajo de tres cadáveres apareció el general bañado en sangre, herido en la cabeza y el hombro. A su vez, los asaltos posteriores se saldaron con idéntica suerte hasta que la ciudad se rindió más por cansancio que por miedo. Alejandro Farnesio, herido y frustrado, echaba en falta a su infantería más dispuesta.

Alejandro Farnesio en plena madurezAlejandro Farnesio en pose de general

Alcanzado este punto, fueron los nobles valones quienes pidieron el regreso de los Tercios. Pero antes de que estos llegaran, el malogrado asalto a la ciudad de Ooudenarde, volvió a colmar la paciencia y la salud de Farnesio.  Durante el asedio, los mercenarios alemanes organizaron un motín –algo que los españoles jamás hubieran hecho, nunca mientras la batalla estuviera en curso–, obligando a Alejandro a ocuparse en persona. “Ve que no apaciguándose en presencia de su general, dos soldados, arrebatándole de la mano al alférez la bandera, la estrellaron contra el suelo. Entonces, Alejandro, ardiendo en coraje, partió en carrera con el caballo, y apartando con la espada las picas alemanas, rompiendo por el escuadrón, esparciendo a entrambas manos, terror y heridas, penetró hasta alcanzar al soldado que estaba más cerca del alférez, lo sacó arrastrando fuera del escuadrón, y mandó al punto que lo ahorcasen”. Aquella jornada, otros veinte soldados fueron ahorcados y las protestas quedaron mudas; no obstante, la campaña aun depararía un hondo sobresalto. Mientras Alejandro Farnesio y sus oficiales comían al aire libre, un cañonazo arrancó la cabeza de uno de los comensales, otro perdió un ojo, y otro recibió graves heridas en el rostro. Salpicado de sangre, el general imperial se negó a mudar su posición: “Estoy a tiro de cañón mas no a tiro del temor”.

Asedio a la ciudad de Amberes

Con la vuelta de los españoles la causa católica recobró la senda de victorias. A tal punto se elevó el entusiasmo que Alejandro Farnesio eligió una presa de mayor calado para su siguiente movimiento. A principios de siglo XVI, la ciudad de Amberes, puerta del comercio americano, había sido una de las principales urbes de Europa; a finales de siglo, la ciudad, tras ser asolada en el famoso saqueo de 1576, había quedado en un segundo plano económico, pero seguía contando con un sistema de fortificaciones que no conocía parangón en todo el continente y que tenía por objeto proteger a una población de 100.000 personas. Una presa a la medida de un cazador temerario.

Sería complicado desarrollar en pocas líneas los pormenores de un asedio que se considera, junto al de Breda por Ambrosio Spínola, una de los cercos más esforzados de la historia de la guerra. Basta resumir –quizás en otra ocasión escribamos un artículo en exclusiva- que 10.000 soldados acometieron una monumental serie de obras: empezando por un canal de 14 millas de longitud para drenar parte de las aguas que rodeaban la ciudad; y siguiendo por el célebre puente, compuesto de 32 barcos unidos entre sí, que permitió a los españoles acceder a la muralla principal de Amberes. Si cabe mencionar un desagradable incidente que, una vez más, por poco cuesta la vida del intrépido general. Estando la construcción del puente en su última fase, los defensores lanzaron tres barcos-mina hacia él, de los cuales solo uno alcanzó a encallarse contra el puente. La explosión causó la muerte de 800 soldados católicos y la onda expansiva envió a Alejandro Farnesio varios metros despedido. Con todo, las heridas no revistieron gravedad.

Como era frecuente en Flandes, el asedio a Amberes deparaba nuevos contratiempos a la vuelta de la esquina. El último de ellos fue el temible contraataque rebelde que arrojó con furia sus mejoros tropas y sus 160 barcos restantes para evitar la pérdida de la ciudad. El ataque estuvo cerca de alcanzar su objetivo, pero de nuevo la infantería castellana, secundada por la italiana, rechazó el ataque. El propio Alejandro Farnesio, con espada y broquel, se unió a la primera línea de combate entonando: “No cuida de su honor ni estima la causa del rey el que no me sigue”. La jornada terminó con los holandeses huyendo en desbandada, muchos encallados a causa de la marea baja, la cual auspició la captura de 28 navíos enemigos.

Puente de Amberes por Farnesio
Ilustración del puente construido por los ingenieros de Farnesio

Finalmente, en agosto de 1585, las tropas españolas entraban en Amberes. Los gobernadores habían decidido rendir la ciudad unos días antes; amén de las generosas condiciones que el general Farnesio planteaba. La noticia corrió por Europa. “Nuestra es Amberes” anunció un emocionado Felipe II a su hija Isabel Clara Eugenia a altas horas de la noche; en pocos episodios se recuerda al monarca tan exultante.

El Rayo de la Guerra, premiado con el Toisón de Oro por Felipe II, continúo con las hostilidades en Flandes los siguientes 7 años, donde su mayor avance fue de carácter político. Para muchos historiadores, lo que hoy conocemos como Bélgica tiene su origen en este periodo, gracias a las maniobras políticas de Farnesio, que bien puede considerarse el padre de la patria belga.

A pesar del esfuerzo, Alejandro nunca pudo ver acabada su proyecto político, y con su muerte, el Imperio Español desperdició su última oportunidad de derrotar militarmente a Holanda –ya entonces llamada Provincias Unidas-. Gran parte de culpa la tuvo Felipe II, siempre empeñado en encontrar empresas mesiánicas donde arrojar los recursos que tanto se requerían en Flandes. La conquista de Portugal de 1580 obligó a desviar tropas y fondos, la Armada Invencible forzó al ejército de Flandes a abandonar numerosas guarniciones; y en 1593, la Guerra Civil de Francia se llevó la vida de Alejandro Farnesio que había acudido en contra de su voluntad, mientras sus enemigos aprovecharon para recuperar ciudades en Flandes. Como no podía ser de otra forma, la muerte de Farnesio, el 3 de diciembre de 1593, por hidropesía, fue motivada por la herida, mal curada, de un disparo de arcabuz que recibió mientras supervisaba el asedio en la ciudad francesa de Caudebech.

Alejandro Farnesio no podía evitar arriesgar su alma, disfrutaba de todos los aspecto de la vida militar. Nada se le puede reprochar, no era la mejor decisión militar, pero iba impresa en su carácter, y daba cuenta de la clase de coraje que gastaba. Temerario en la batalla, desprovisto de complejos ante su monarca, un descaro de talento al servicio del Imperio español. 

Fuentes:

Tercios de España: la infantería legendaria, Fernando Martinez Lainez

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