La verdadera historia de "La Armada Invencible"

Un par de falacias, Milady

Autor: @Espinola_Ambros
Desde la Edad Media cada gesta inglesa era hinchada hasta la exageracion, cada fracaso enemigo transformado por los cronistas en grandilocuente victoria britanica. @Espinola_Ambros nos manda este afortunado, cómico y, no por ello, poco documentado texto donde se desenmascara uno de los mayores inventos ingleses: la Armada invencible
La armada invencible mentira inglesa
Los ingleses han escrito la historia a su antojo, la Armada Invencible es quizá su mayor embuste

-Buenas tardes Charles
-Hello queridou Johnny
-¿Sabe que día es hoy? ¡8 de Agousto!
-¡Caruamba! Hoy derroutamous a esos rudos y desalmadous españolitos a su queruida Armada Invencible.
-En efecto compañerou, brindemos con una deliciosa taza de té acompañado por unas pastas.
-Como sois tan briboun, aun no son las trues.
-Good, pour una vez no pasa nothing

*chin chin*

Bien podría tratarse de una conversación entre dos amigotes ingleses, brindando por esa victoria, esa victoria tan lograda, tan luchada y en cuya maestría lograron destruir nuestra querida “Armada Invencible”. Pero la verdad tiende  siempre a ser  muy inoportuna, pues me temo que eso nunca ocurrió. Por mucho que insistan y se lo quieran creer, la realidad es que no hubo victoria que festejar, ni comandante al que rendir pleitesía. Lo que en un primer momento  hubo fue  terror ante la reacción del monarca más poderoso de su era; pánico después ante la cercanía de la mayor flota –en esfuerzos– que ninguna nación ha conseguido nunca reunir, y, finalmente, estupor ante la posibilidad de un contraataque. E incluso cuando toda la grandeza se deshilacho por las adversas circunstancias, lo que restó en la pérfida Albión no fueron los festejos, sino las epidemias y la hambruna que habían poblado la costa, exhaustas por el estéril sobresfuerzo.

Pero para eso estoy yo aquí, para sacaros del engaño amigos míos. Soplaban por allá los locos años 80 (1588) donde a nuestro querido Rey Felipe II le estaban empezando a tocar un poco las narices los ingleses con su piratería y sus constantes incursiones en las posesiones hispánicas. Por lo tanto, y al tratarse de una islita de poco menos de 3.000.000 de habitantes, de los cuales menos de un cuarto se encargaban de su protección –una fuerza militar anticuada y falta de experiencia–, Felipe II estimó que un pequeño contingente sería suficiente para someter en pocas semanas todo el país. En sus cálculos jugaba un papel determinante  los imbatibles Tercios de Flandes, contra los cuales ninguna formación inglesa –por muy multitudinaria que fuera - podría hacer oposición.

Si en lo terrestre no había dudas de lo certero del plan, muchas se cernían en la operación de  desembarco, y en especial: coordinar que la flota de transporte “se diera la mano” con el ejercito liderado por Alejandro Farnesio.  La llamada ¿Armada Invencible? ¡No! Ese fue el nombre usado por los ingleses para dar así más bombo a su “victoria”, en principio fue llamada “La Grande y Felicísima Armada”  que tenía mucho más tirón comercial.

Armada invencible
Cuadro sobre el encuentro de las flotas. Los galeones españoles manejaban tonelajes muy por encima de los barcos ingleses incapaces de hacer algo mas que "arañazos" a los hispanicos.

No se trataba de una gran invasión. Nada más lejos, se trataba de un golpe de autoridad político, para que la reina “virgen” se enterase de quién mandaba, ya que con un pequeño ejército podría someterse a un reino de segundo orden, en exceso molesto.

Tras encadenar una serie de contratiempos que acabó por costar la vida del legendario don Álvaro de Bazán –exhausto y enfermo, falleció mientras  volcaba hasta su último aliento en los preparativos–, se designó como su sustituto a don Alonso Pérez de Guzmán –con fama de buen gestor, inédito en lo militar– con un plan bien nítido: recoger a Farnesio en Francia e ir directos a Inglaterra.

Pero ocurrió algo que truncó realmente los planes de nuestro monarca. Y es que entre las muchas dificultades –mala organización, errores en la estrategia, fallos logísticos, etc.– hubo una que se reveló insalvable: la meteorología. 

Nada más partir de Lisboa comenzaron los contratiempos, el fuerte oleaje y las incesantes lluvias provocaron que una gran parte de la armada se dispersase, tardando casi un mes en volver a reunirla. Mientras tanto, los ingleses preparaban la defensa de sus costas y se esforzaban en acumular víveres y munición para el eventual encuentro con el enemigo. Aunque a esas alturas la “Armada Invencible” era el secreto peor guardado de Europa, su llegada cayó por sorpresa entre los ingleses. Una vez recompuesta (a pesar de haber perdido varias embarcaciones de bajo calado), la Armada se precipitó por sorpresa sobre las costas inglesas, donde el grueso de la flota inglesa permanecía resguardada en el puerto de Plymouth.

Con el viento a favor y los barcos ingleses atascados en el puerto, la vieja guardia del almirante Álvaro de Bazán sugirió atacar aprovechando la debilidad del enemigo, pero  -y ahí puede ser que se nos fuera el conquistar ese puñetero pedrusco-  Alonso Pérez de Guzmán tenia órdenes muy concretas de “El Prudente”: recoger a Farnesio. Cualquiera se planteaba otra orden distinta, por lo tanto y en su afán por seguir al pie de la letra las instrucciones de Felipe II no se atacó. La pésima decisión evidenció que la Armada destinada a destruir la flota inglesa se había convertido en un convoy de transporte. Todo lo que no fuera recoger a Farnesio quedaba lejos de sus objetivos –y lo cierto es que se iba a necesitar algo más que trasporte–. Una lástima pues los ingleses estaban ya instruyéndose en el arte de la paella y la tortilla de patata ante nuestra inevitable llegada.

En el primer contacto que se produjo entre las flotas se perdieron dos de los más grandes buques de la Grande y Felicísima a causa de sendos accidentes: el San Salvador y el Nuestra Señora del Rosario. Su importancia radicaba en que poseían un alto número de aprovisionamiento y víveres, lo que a la larga se mostraría como una gran y vital pérdida.

Hasta la altura del Canal de la Mancha no se efectuó el único gran combate de toda la campaña, por llamarlo de algún modo, pues uno de sus geniales y experimentados generales, Francis Drake (un pirata) no tuvo más ocurrencia que prender fuego a sus barcos y estamparlos contra la armada (los llamados brulotes) causando ciertos estragos. Bien, el resultado del único enfrentamiento directo fue: ¡1 barco español hundido! ¡1! ¡Enhorabuena chicos!

Mapa del trayectoMapa de la campaña

Temerosos de iniciar un prolongado enfrentamiento, la armada inglesa se batió en retirada –juzguen ustedes si estaban para festejos- hacia su isla para preparar el reabastecimiento y esperar el milagro; sin embargo la flota española, exhausta, con sus objetivos demasiado desdibujados –pocas noticias de Farnesio–, incapaces de llegar a ningún puerto aliado y con numerosas pequeñas averías se vería obligada a rodear la isla. Las condiciones fueron horribles. Los pequeños arañazos alcanzados por los ingleses fueron transformando los barcos en ruinas flotantes por las tempestades y la defectuosa cartografía portada por los españoles.

Esto, amigos míos, es la gran victoria por la que Charles y Johnny brindan: que los españoles tuvieran que dar media vuelta debido al temporal  y a la incapacidad –más bien era imposibilidad, puesto que el plan de Felipe II manejaba conceptos imposibles– de coordinar las fuerzas terrestres con la flota marítima ¿Menuda gesta? Y es que más que una victoria Inglesa fue un cúmulo de desastrosos contratiempos que  bien  resumió Felipe II en su célebre frase: “Yo envié a mis naves a pelear contra los hombres, no contra los elementos”.  

Ah, por cierto, varios fueron los intentos por atacar nuevamente  la isla; y al parecer, ninguno reseñable para la historiografía inglesa –como tampoco se menciona que a los 2 años España había reconstruido por completo su Armada, o la fracasada Contraarmada Inglesa de 1589, o la desastrosa expedición al Caribe donde Drake perdió la vida-. En 1595, el abulense Juan del Águila encabezó una escuadra de castigo  donde se consiguió desembarcar  400 hombres en la Bahía de Cornualles. A la espera de refuerzos, Juan del Águila puso en fuga a varias milicias locales y sembró, con completa impunidad,  toda una serie de desperfectos antes de darse a la fuga. Lo que no pasa de anécdota entre nuestra abultada lista de gestas, sirve para evidenciar la indefensión que vivía Inglaterra: con una flota en proceso de renovación, un ejército del jurásico, unos piratas por almirantes –entre un pirata y un soldado dicta mucha distancia– y una reina más venenosa que poderosa; todo quedaba supeditado a que Felipe II no acertara vislumbrar planes de dimensiones terrenales.

De todos modos, ¿a quién le importaba? Solo eran unos tipos elegantes con sombrero de bombín.

Fuentes:

Loteria

Guía de España

 

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