LA BATALLA NAVAL POR EL MEDITERRÁNEO

La batalla de Lepanto, 1571:
«¿Dónde está vuestro Dios?»

«No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía: ¿Dónde está vuestro Dios?», afirmó don Juan de Austria en su arenga previa a la gran batalla. La victoria se alcanzó entonces, pero ahora el enemigo, que ya no es turco, se atreve a cuestionar, con misma arrogancia, la magnitud y condiciones de la más alta ocasión que vieron los tiempos.

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Batalla de Lepanto
Autor: Duque de Alba

Incluso las batallas se granjean enemigos. Desde tiempo atrás, contra la batalla de Lepanto han confabulado varios con la pretensión de dejarle huérfana de patria y de glorias. De patria, porque en España un tema tan incómodo como las guerras de religión y un asunto tan evitable como el éxito de nuestros militares no interesa a los muy civilizados, ateos y pacíficos ciudadanos de este despreocupado país. Dirán muchos, pues menuda cosa la de reivindicar matanzas y lances de otro siglo. Pero no se trata de enardecer homicidios, sino de distinguir lo que pertenece a cada cual; de colocar nuestras esforzadas hazañas en el mismo estante que los anglosajones han abarrotado con sus batallas noveladas. Si bien es sabido que a los anglosajones –con americanos a la cabeza– les sobra amor propio, no es menos conocido que a los españoles lo que les excede es odio propio.

Aprovechando la orfandad –en España no sabría citar un solo monumento dedicado a la batalla, o una estatua reseñable del propio Juan de Austria– han sido los investigadores extranjeros los encargados de revisar y relatar la batalla. Aunque no faltan trabajos excelentes, en ocasiones el afán por voltear la versión aceptada y el influjo de la nacionalidad de los historiadores ha contribuido a ciertas malinterpretaciones. Si los historiadores italianos, que a diferencia de los españoles se han mostrado activos reivindicando su intervención, han hinchado en exceso la participación veneciana, sobredimensionando la actuación de las galeazas; los ingleses y franceses han tendido a rebajar las consecuencias y glorias de la contienda. 

Revisemos nosotros al alza los asuntos cuestionados, o aquellos aspectos vulnerables de ser minusvalorados en algún momento.

1.Lepanto no sirvió de nada, su verdadera repercusión es emotiva”, defiende el historiador Alessandro Barbero en su libro Lepanto, la batalla de los tres imperios. “Fue una victoria inútil”, destacaba en todos sus estudios el francés Braudel.  FALSO. Es cierto que su valor moral fue lo más relevante, pero su valor militar tampoco fue desdeñable.

Las cifras hablan por sí mismas: se consiguió destruir una flota de 205 galeras, causar 30.000 bajas, capturar a 8.000 prisioneros y liberar a 12.000 esclavos. Así como alejar la nítida amenaza de que los turcos, en confabulación con los moriscos españoles, pudieran asestar un zarpazo sobre la propia península ibérica. Por no hablar del descalabro que hubiera supuesto la victoria otomana.

2.  Pero es que los turcos se rehicieron al pocoVERDAD. Es cierto que los turcos en un año consiguieron recomponer su flota, con la inestimable ayuda de franceses y holandeses que vendieron materiales para la empresa. Uluch-Ali, el único de los grandes almirantes turcos que salió con vida de Lepanto, coordinó la creación de los nuevos bajeles que, bajo su dirección, contaron con un diseño de mejorada maniobrabilidad y mayor velocidad.

Un año después, tras arrasar los bosques de Anatolia, 220 galeras estaban listas para continuar con la guerra perpetua. Sin embargo, como ocurrió con la Armada Invencible –también recompuesta en poco más de un año– todo el brillo de sus relucientes cascos no era más que un ardid para ocultar lo obvio: lo material había sido recobrado, no así  todos los capitanes, pilotos, marineros e incluso almirantes que jamás en su historia verían equivalente. Por no hablar del sobreesfuerzo económico que debió suponer a la Sublime Puerta tal imprevisto; enfrascada en los preparativos de la que sería una interminable campaña en Irán. Un conflicto que vino a ser el Flandes de los otomanos, es decir, unas fauces hambrientas de tropas y recursos.

Batalla de Lepanto
Galera castellana embistiendo contra un bajel otomano

3. No se consiguió ninguna conquista ni objetivo a medio plazo. FALSO. Después de la batalla cada capitán general de la Santa Liga, acorde a sus intereses, propuso un objetivo a conquistar. La terquedad de los venecianos por recuperar Chipre –la conquista turca de esta isla había impulsado la entrada de la Serenísima en la alianza– acabó por acelerar las fricciones, echando al traste la alianza.  

Ya sin el cobijo de la Santa Liga, España continuó por cuenta propia la campaña con el sencillo objetivo de conquistar Túnez. La ocupación sólo duró un año y su pérdida se antojó demasiado plácida; no obstante, su recuperación costó la muerte de 25.000 remeros turcos por enfermedad.

La Santa Liga no consiguió sacar todo el jugo que cabría esperar a la victoria de Lepanto, pero todo el vigor derramado para restablecer la situación previa se reveló a la postre una renta demasiado alta para los maltrechos pulmones otomanos.

4. Los venecianos con sus galeazas determinaron la batalla. FALSO. Toda la intervención veneciana ha sido sobrevalorada, empezando por su contribución económica: España costeaba la mitad –algunos expertos han señalado que Felipe II debió exigir mayor implicación de los demás– , Venecia una tercera parte y el Papa una sexta parte. En la aportación material: España, 90 galeras, 24 naos, 50 fragatas y 20.000 soldados; el Papa, 12 galeras y  6 fragatas; Venecia, 106 galeras, 6 galeazas, 2 naos, 20 fragatas y poco menos de 6.000 soldados. La falta de hombres de armas en las embarcaciones venecianas obligó a Juan de Austria a repartir las tropas españolas entre las galeras italianas, lo cual significó una de las claves de la victoria. 

Galeaza, verdaderas baterías flotantesBatalla de lepanto Galeaza

Los historiadores italianos destacan a menudo el ejercicio de las galeazas como una acción determinante. A parte de tratar de exaltar la ingeniería e innovación veneciana, los historiadores italianos sostienen este argumento por acercarse al pretencioso discurso de que la artillería europea estaba destinada a imponerse en las disputas navales. En Lepanto, donde la única pólvora determinante fue la de los arcabuceros españoles, aún se atisbaba lejana tal conclusión.

Las galeazas eran un tipo de bajel a remo, similar a la galera clásica, solo que su función era la de  batería flotante –las de Lepanto contaban con 70 cañones–. No obstante, su poca maniobrabilidad desaconsejaban su uso contra las ágiles galeras turcas. 

Su participación en Lepanto fue meramente anecdótica. La lucha desembocó tan rápido en un enfrentamiento terrestre en la mar –una inmensa red de galeras enganchadas sirvió de campo de batalla para que la infantería luchara como si de tierra firme se tratara–, que las 6 galeazas que iniciaron un bombardeo sobre el flanco derecho turco rápido se vieron sobrepasadas por las ágiles galeras otomanas que no estaban dispuestas a permitir lances de pólvora.  

5. La batalla estaba ganada de inicio, afirma Alessandro Barbero en el mencionado libro. NO SE LO CREE NI ÉL. Con perspectiva cualquier sabio experto se abona a las previsiones milimétricas. Cuando te pasas décadas encadenando derrotas, abandonas poblaciones costeras ante el pánico que te provoca el turco, nadie se aventura, por muy afines que resulten las cifras, a siquiera imaginarse vencedor.

La crucial cantidad de soldados cristianos y la mayor potencia de fuego –sobre todo la de los disciplinados arcabuceros castellanos– anticipaba una victoria de la Santa Liga. Y no por ello la batalla estuvo exenta de imprevistos. Sin ir más lejos, nada más iniciar la batalla, el ala izquierdo cristiano, donde se situaba el capitán general de Venecia, Barbarigo, se vio comprometido ante la temeraria maniobra de Sirocco, uno de los principales caudillos turcos, que logró alcanzar y arrasar la galera capitana de los venecianos. Sin embargo, el zarpazo turco fue rápidamente aplacado por la escuadra de retaguardia dirigida por Álvaro de Bazán.

Una vez dominado el flanco izquierdo, la batalla se trasladó al centro donde la infantería de los tercios castellanos impuso su obstinado discurso. Los turcos aún tuvieron tiempo de lanzar su último coletazo cuando el hábil Uluch Ali, tras zafarse del marcaje cristiano –en el ala derecha cristiana, Uluch Ali y Gian Andrea Doria evitaron la lucha y se enfrascaron en un alarde de maniobras y amagos que terminaron por alejarles a mar abierto– consiguió retornar a la batalla y  aniquilar a 6 galeras, entre ellas la capitana de la Orden de Malta. De nuevo, la rápida reacción de Álvaro de Bazán alejó la amenaza al instante. Fue entonces cuando aprovechando el viento a favor Uluch Ali emprendió su huida del golfo de Lepanto que a esas alturas era un rojizo reguero de muerte.

6. Juan de Austria, el héroe enchufado, sin el menor talento. FALSO. La cantidad de financiación que Felipe II había aportado a la Santa Liga hacía obligatorio que el almirante general fuera español. El elegido debía contar con la entidad política necesaria para elevar su liderazgo sobre las diversas facciones. Por esta razón, solo un miembro de la familia real o un noble de gran influencia podría subordinar a los capitanes generales de Venecia y los Estados papales.

Don Juan de AustriaDon Juan de Austria

Desde su reconocimiento como hijo natural de Carlos V, don Juan de Austria parecía encaminado a una gesta de tales características. Descendiente de los últimos grandes cruzados de Europa, la casa de Borgoña, educado en las artes militares junto a Alejandro Farnesio y especializado en la lucha marítima a través de su cargo como Capitán General de la Mar; cuando en 1570 Juan de Austria consiguió sofocar la Rebelión de las Alpujarras toda Europa le señaló como el idóneo para encabezar la Santa Liga.

Aunque Felipe II no puso impedimentos a que su hermano alzara el estandarte de la Santa Liga, la decisión corrió directamente a cargo del papa Pío V que tenía al joven general por un designado de Dios. Juan de Austria tuvo un ejercicio perfecto en la campaña. Empleó su afable carácter para mantener en calma las tensas relaciones con Venecia y supo compensar su poca experiencia –solo tenía 24 años– dando voz a consejeros más curtidos en la mar –como el irrepetible Álvaro de Bazán que con sus acciones en la retaguardia solapó las brechas–.

7. Fueron otras las causas que pusieron fin a la guerraVERDAD. Tras Lepanto nada volvió a ser igual en la guerra que se alargaba por doscientos años, los riñones de los contendientes no soportaban más envites. Paulatinamente, el Imperio Otomano fue retirándose al frente que mantenía en Irán, de la misma forma que el Imperio Español lo hacía en el océano Atlántico, donde tanto oro de las Indias se jugaba. Una serie de treguas secretas a partir de 1574 fueron rebajando la hostilidad hasta el punto de que Lepanto quedó como el último gran encontronazo de los colosos. 

La batalla, por lo tanto, sólo hizo precipitar lo inevitable. Los turcos cada vez mostraban más desidia en modernizar su flota. Su hegemonía reflejaba los síntomas de agotamiento que le llevaron a ser, hasta la Primera Guerra Mundial, el hombre enfermo de Europa. La revolución científica europea acabaría por endosar el verdadero golpe de gracia. Turquía no podía seguir el ritmo tecnológico.

Por su parte, a Venecia salirse de la Santa Liga le costó muy caro. Las condiciones de paz con el turco –en las negociaciones la Sublime Puerta debió disimular muy bien su fatiga– llevaron a la Serenísima República de Venecia a reconocer las pérdidas de Chipre, Dalmacia y Albania, así como la obligación de pagar durante tres años 100.000 ducados anuales.

Por cierto, no es de extrañar que los historiadores ingleses desdeñen la batalla, en aquellos años eran una potencia de tercer orden. Según mí parecer: 1ª Imperio español, 2ª Imperio otomano, 3ª Sacro Imperio Germano, 4ª Francia, 5ª Portugal, 6ª Venecia, 7ª Inglaterra.

Fuentes:

- Fernando Martínez Laínez, La Guerra del turco, editorial EDAF 2010

 -Atlas ilustrado de las grandes batallas españolas , editorial Susaeta 2008

-Revista Historia de Iberia Vieja número 65, La batalla de Lepanto el mayor combate de  todos los tiempos.

 

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