FUIMOS LA PESADILLA DE FRANCIA

San Quintín y las guerras de religión

Felipe II se encontró con la posibilidad de alcanzar Paris por las armas al principio y al final de su reinado. La capital gala se puso en dos ocasiones a tiro de arcabuz español, en circunstancias y términos muy distintos: la primera vez, tras la batalla de San Quintín; y la segunda cuando Farnesio intervino en la Guerra Civil francesa.

Batalla de San Quintín

 

 

Autor: Duque de Alba

En 1547, Enrique II de Valois es coronado Rey ante el fallecimiento de su fatigado y deshonrado padre, Francisco I. Enrique II no solo hereda los territorios de la poderosa Corona Francesa sino también la archirivalidad con Carlos V  y los problemas internos de un reino al borde de la Guerra Civil por razones de religión.

El nuevo monarca francés había padecido directamente la humillación de Pavía, puesto que la liberación de Francisco I tenía por condición la llegada a Madrid de los hijos de este, a modo de garantía. Enrique II había crecido con el ignominioso recuerdo de su estancia en Madrid, y cuando sostuvo la corona su Majestad Cristiana no escatimó en desvergüenza a la hora de aliarse con todo aquel enemigo de Carlos V, por muy calvinista, luterano e incluso musulmán que fuera. 

El fallido asedio a la localidad francesa de Metz en 1555 –fracaso auspiciado por Enrique II– había llevado al límite la salud física y mental del Emperador que decidió zafarse de la escena pública y repartir sus reinos entre su hermano, el archiduque Fernando, y su hijo, Felipe II. Al primero le cedía el Imperio Romano Germánico, y, por tanto, los problemas con los luteranos; al segundo, España (las coronas de Aragón y de Castilla y León), las posesiones italianas (Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Milán), los Países Bajos, y, con todo, la inevitable enemistad de Francia. Los enemigos de España no perderían ocasión de prepararle una sonora bienvenida.

Aunque Felipe II, entonces rey consorte de Inglaterra, apostaba por la paz con Francia, nada pudo hacer para evitar el reinicio de las hostilidades en 1556. El nuevo Papa de origen napolitano, Paulo IV, detestaba a los españoles, de los que decía ser «simiente de judíos y de moros». Sobre Carlos V y Felipe II, afirmaba: «Quiero declararlos despojados de sus reinos y excomulgarlos, porque son herejes». Enrique II no tardó en acudir a la llamada del Papa e inmiscuyó sus armas sobre los aliados italianos de Felipe II. Simultáneamente, una flota turca (aliada con el Papa y con Francia) realizaba una ráfaga de ataques sobre las costas de España y sus aliados. Todos sus enemigos, varios príncipes italianos incluidos, se arrojaban rabiosos sobre el inexperto rey.

Sin embargo, el hijo del Emperador Carlos no se iba a dejar avasallar. Felipe II ordenó sendos contraataques: uno en Italia y otro en el norte de Francia. Desde Italia, el duque de Alba, entonces virrey de Nápoles, se lanzó a rebajar las venenosas aspiraciones del  papa Paulo IV en una espectacular campaña que situó sus tropas a las puertas de Roma –no confundir con el saqueo a Roma, el duque de Alba se limitó a amagar–. La impecable acción militar, que permitió mantener al duque de Guisa –su mejor comandante– alejado de Francia, quedaría solapada por lo que aconteció en la ciudad gala de San Quintín. Por cierto que en el camino quedó la pérfida lengua de Paulo IV que, ante el descalabro, no volvió a batir planes contra el Imperio español.

La batalla de San Quintín

Desde el norte de Francia, cerca de la frontera con Flandes, Felipe II había levantado un magno ejército de 42.000 hombres, dirigido por el duque de Saboya, Manuel Filiberto, "Cabeza de hierro”, para arrojarlo sobre el mismísimo corazón galo. Manuel Filiberto invadió Picardía y puso bajo sitio la ciudad de San Quintín, cuya posición servía de parapeto a París. El condestable Anne I de Montmorency, con un ejército de veintiocho mil hombres  (incluidos unos 6.000 jinetes), acudió con premura en ayuda de la ciudad sitiada.

El desprecio que Montmorency profesaba por Manuel Filiberto le llevó a subestimar el poder militar que éste tenía a su alcance. La valía de las tropas allí congregadas, así como la de sus comandantes y oficiales –gran parte veteranos del reinado de Carlos V; otros tantos, jóvenes llamados a protagonizar las gestas del nuevo periodo–, no iban a dejar lugar a la menor quiebra.

Asedio militar
Sala de batallas de El Escorial, dedicado a la batalla de San Quintín

El ejército hispánico formaba a su derecha con soldados españoles y alemanes a las órdenes del capitán Alonso de Cáceres; el ala izquierda quedaba reservada para el legendario Tercio de Saboya, encabezado por el Maestre de Campo don Alonso de Navarrete; por su parte el centro, liderado por el capitán Julián Romero, contaba con presencia española, borgoñesa e inglesa.  Asimismo, la caballería, que iba a jugar un papel determinante en la contienda, corría a cargo del temerario conde de Egmont.

El 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo,  la vanguardia francesa trata de cruzar el río Somne para unirse a la guarnición de San Quintín. El resto de tropas se afana en dar cobertura a sus camaradas. Lo que los franceses desconocen es que el  duque de Saboya ha dado orden a la caballería de Egmont de atravesar el río en una zona más alta. La caballería obliga a los franceses a replegarse a una zona boscosa cercana. El intento por auxiliar San Quintín ha sido malogrado.

El río es un obstáculo insalvable para los franceses; el bosque una solución temporal. Montmorency da la orden de retirada. El objetivo es evitar la lucha campal, pero el repliegue es lento, a la cabeza van los cañones, y es entonces cuando el Duque de Saboya cierra su puño sobre el objetivo. De nuevo la caballería ligera de Egmont se encarga de acosar a las tropas francesas que, de forma desordenada, se sitúan al alcance del ejército hispánico que aguarda dispuesto para el combate.

Montmorency se afana en alinear a sus agotadas tropas en algo parecido a una formación: su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y en segunda línea los valiosos gascones –vascos franceses–. No obstante, la caballería del bando Habsburgo está empeñada en resolver el lance por la vía rápida. Apenas formada la defensa francesa, la caballería carga contra los carromatos sin dar tiempo a la caballería gala –aun portadora de gran prestigio– a acometer ninguna acción de contraataque. Mientras tanto, los cuadros de arcabuceros españoles, siempre ágiles en lo referido a movimientos tácticos, siembran el caos en todas las líneas, causando la rendición en bloque de los 5.000 mercenarios alemanes situados en vanguardia.

Arriba, Lamoral Egmont; abajo, el Duque de Saboya Lamoral EgmontManuel Filiberto

Como ocurre en la mayoría de batallas del periodo, el choque de tropas se resuelve de forma rápida. En menos de una hora, Montmorency, contando solo con los bravos gascones, es derrotado por el grueso del ejército del duque de Saboya que hasta ese momento no había entrado en batalla.

Felipe II, que no pudo llegar a tiempo al combate, quedó horrorizado por los estragos de la guerra y asombrado porque aquello pudiera ser del agrado de su padre. Menos reparos encontró a la hora de festejar la batalla de San Quintín en todos sus reinos y en iniciar la construcción del palacio de El Escorial en conmemoración del evento. A decir verdad, Felipe II, ávido aficionado a la arquitectura, más bien se topó con una excusa para levantar su obra cumbre. Si fuera por victorias de magnitud, el rey habría tenido que poblar de palacios la sierra de Madrid.

¿Se encuentra ya en París mi hijo, el Rey?, preguntó por entonces un entusiasmado Carlos V, desde su retiro en Yuste. En realidad, Felipe II descartó avanzar hacia París al estimar poco aconsejable dejar a sus espaldas la ciudad de San Quintín aún bajo asedio. El duque de Saboya se decantaba precisamente por internarse en las entrañas de Francia. Por supuesto, el criterio de Felipe II prevaleció y se llevó a cabo una campaña de consolidación en la región de Picardía; asimismo se completó el asedio de San Quintín.

Aunque la campaña había sido un éxito para los intereses hispánicos, la guerra continúo por cuatro años más, en parte por la llegada de las tropas francesas que el duque de Alba había estado sujetando en Italia. En 1558, tras la conquista del enclave de Calais perteneciente a Inglaterra, entonces aliada de España, los franceses sufrieron un inesperado revés en la batalla de Gravelinas que les despojó de la poca ventaja que habían sido capaces de acumular.

Hasta la Paz de Cateau-Cambrésis no se vislumbraría el fin de  la guerra. En condiciones beneficiosas para los Habsburgo,  el tratado acordaba el matrimonio de Felipe II e Isabel de Valois, hija de Enrique II. Mientras se festejaba el tratado, la astilla de una lanza de justas se clavó en la cabeza de Enrique II provocándole la muerte días después. La paz, en cambio, si viviría por unas cuantas décadas.

Curiosamente, Lamoral Egmont, príncipe de Grave, cuya participación fue capital en ambas batallas, sería ejecutado por alta traición el 5 de junio de 1568 en la plaza Mayor de Bruselas. Enésima muestra de cómo los españoles recompensan a sus héroes. 

Guerra civil francesa: intervención de Farnesio

En la década de 1580 la situación se complicó tanto en Francia que el otrora enemigo, Felipe II, se vio forzado a financiar con sus escuálidas arcas la desnutrida hacienda de La Liga Católica.

Francia había inaugurado un periodo –con Francisco I– en el que las alianzas exteriores con líderes luteranos y calvinistas desacreditaba la lucha interna entre católicos y hugonotes, donde, a pesar de ciertas concesiones, los Valois  habían apostado por el catolicismo como religión oficial. Tal tibieza terminaría por costar cara a la dinastía que nunca tendría la determinación, ni el crédito moral, suficientes para acabar con una confrontación  que desangrarían el país hasta tiempos del Cardenal Richelieu.

El propio Alejandro Farnesio, sobrino de Felipe II, tuvo que tomar parte en la guerra civil. El duque de Parma se había convertido en el general predilecto de Felipe II gracias a la confluencia de la destreza militar del duque de Alba, entonces viejo y caído en desgracia, y el talante diplomático de don Juan de Austria o de Luis de Requesens, que tanto se requería por Flandes. Asimismo, su condición de italiano le hizo caer con buen pié en la despiadada corte flamenca, donde consiguió aunar esfuerzos para reconquistar prácticamente todos los estados de Flandes, 15 de 17.

Cuadro de Alejandro FarnesioAlejandro Farnesio

La dependencia que mostraba Felipe II  hacia su sobrino debió resultar exasperante para éste, que vería impotente como sus esfuerzos  quedaban desplazados por las inciertas campañas que emprendía su tío. Una de aquellas fue el apoyo a la facción católica de Francia, que obligó a Farnesio a abandonar Flandes cuando se encontraba cerca de cerrar el conflicto.

En principio, Felipe II maniobró para que su hija Isabel Clara Eugenia, fruto de su matrimonio con la hija de Enrique II, fuera coronada Reina de Francia. Cuando esta opción fue rechazada incluso por la causa católica, el monarca español continúo con su apoyo para evitar la subida de los hugonotes al poder.

En 1590, a pesar de su oposición al plan, Alejandro Farnesio dirige una incursión de 14.000 soldados (entre españoles, italianos, valones y alemanes) desde el norte de Francia para socorrer París que se encontraba bajo el asedio de Enrique de Borbón, afín a la causa hugonote. Los españoles consiguen levantar el asedio sobre Paris, y, tras invadir la ciudad de Lagny, se introducen en París. Una vez estabilizada la situación, Farnesio se retira a Flandes con parte de las tropas para ahuyentar las posibles acometidas holandesas.

Desde Madrid, Felipe II ordena a Farnesio que regrese a Francia. En 1592, el “Rayo de la Guerra” acude al rescate de la ciudad francesa de Rouen; donde un granado ejercito al mando de Enrique IV, futuro Rey de Francia, pretende  presentar batalla. Antes de alcanzar el envite, una escaramuza entre la caballería francesa y la de Farnesio, al mando del albanés Jorge Basta, causa la muerte de numerosos nobles hugonotes y deja herido de gravedad a su líder. Con el bando hugonote dispersado,  Alejandro Farnesio sufre un disparo de arcabuz en el antebrazo mientras supervisa las obras de asedio de la ciudad francesa de Caudebech.  Herido y cansado, Farnesio emprende la marcha a Flandes donde los holandeses han recuperado varias ciudades.

Mientras la salud de Farnesio empeora a cada día, Felipe II le escribe elevadas misivas instándole a regresar una vez más  a Francia. En los preparativos de una nueva campaña, la muerte alcanza a Alejandro Farnesio, duque de Parma, que fallece de hidropesía en la ciudad de Arras.   

Aunque la deshonra ya es flagrante en estas circunstancias, los pormenores son aún más dolorosos. Felipe II había dado órdenes para que Farnesio fuera depuesto de su cargo de gobernador de Flandes, a razón de que el dinero destinado para la guerra de Francia se había empleado para la de Flandes. Cuando la muerte aconteció al duque de Parma, el conde de Fuentes ya había comenzado los preparativos para su viaje a Flandes. La muerte solapó lo que podía haber sido la mayor de las traiciones de este país a uno de sus servidores. Y eso que aquí tenemos enraizada la tradición.

Las repetidas incursiones por Francia costaron al Imperio español la vida de uno de sus mejores generales; no obstante, el valor icónico de ver a las tropas españolas medrando a placer en el corazón de Francia quedó por muchos años en el imaginario galo. París estuvo al alcance español demasiadas veces como para olvidarlo al primer envite. Fuimos una pesadilla persistente, fuimos un terror nocturno, fuimos la obsesión de un país.

Fuentes:

Batalla de San Quintín (GUERREROS Y BATALLAS Nº 15)

Tercios de España: la infantería legendaria, Fernando Martinez Lainez

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