LA MITOLOGÍA SOBRE GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA

¿Existió el Gran Capitán?

Es un hecho tangible y documentado que Gonzalo Fernández de Córdoba fue un excepcional general al servicio de la monarquía hispana, la cuestión es, ¿existió en los inflados términos que nuestra mitología militar requirió a posteriori? Revisemos el mito.

El Gran Capitán, ¿padre de los tercios?

 

 

Autor: Duque de Alba

Si la virtud del mártir es que permanece callado, impasible –está demasiado ocupado pudriéndose–, la cualidad del héroe es que suele tener una muerte prematura. No le da tiempo a mancharse las manos. El mito del héroe requiere una y otra vez de los mismos ingredientes: una figura de biografía breve y diluida, una tragedia en ciernes, un malvado envidioso y la acuciante necesidad de creer en la luminosidad del hombre.

La escasa biografía del siempre enigmático Gran Capitán da para situarle en pocos escenarios lejos de Italia. Sabemos que de joven sirvió en la guardia personal del malogrado príncipe Alfonso, pasando posteriormente a servir a la Reina Isabel la Católica –como la serie de TVE nos ha venido a recordar–. Tanto en la guerra de Sucesión Castellana de 1479 como en la posterior Guerra de Granada de 1486 no tenemos noticias de grandes gestas a su cargo. Más bien protagonista de pequeñas acciones –escaramuzas y algún asedio destacado como el de Illora o el de Montefrio– en la línea de un segundón de la nobleza castellana. Solo en los episodios finales de la conquista de Granada su figura se situó en primer plano, llevando a buen puerto, gracias a su habilidad como sereno diplomático, las negociaciones con Boabdil.

Habiéndose ganado la estima de Fernando el Católico, el Gran Capitán fue designado a sus ¡40 años! para encabezar una pequeña expedición militar a Nápoles donde se gestaría su leyenda. Es decir, toda su carrera militar se concentra entre 1493 y 1504 (en menos de 10 años) donde un mediocre de la nobleza castellana –más famoso por sus dotes diplomáticas que por las militares– se verá obligado a adaptarse a los combates en campo abierto que hasta entonces, más especializado en los asedios, le habían sido ajenos.

Sobre terreno italiano, tras un pequeño revés en Seminara (donde años después se gestaría la victoria de Fernando de Andrade), comenzó a desplegar sus extensas dotes militares y su honorable forma de entender la sana rivalidad –si es que eso existe–. Con un reducido contingente de tropas castellanas, junto a aliados italianos y mercenarios alemanes, fue capaz de hacer valer los derechos de Fernando el Católico sobre Nápoles y Sicilia ante un enemigo que le superaba en número. Una reclamación que los franceses pretendían reducir a cenizas. Las escasas fuentes de la época dan fe de un genial comandante que alcanzó a ganarse el respecto del mismísimo enemigo: un rival poco dado a la galantería con los méritos castellanos.

Después de encabezar una coalición cristiana contra las huestes Otomanas, en la isla griega de Cefalonia –donde firmó una interminable y honda operación de asedio–, el Gran Capitán regresó a Italia ante el reinicio de las hostilidades con los franceses, rearmados y dispuestos a desdecirse de lo firmado poco tiempo antes. En esta segunda guerra italiana, el Gran Capitán firmó las dos batallas por las que pasaría a la posteridad: Ceriñola y Garigliano.

En la fugaz –duro poco más de una hora– batalla de Ceriñola se desarrollaría un suceso que tendría por repetirse innumerables veces en las siguientes décadas: la inconsciente y abnegada fe de los franceses en la potencia de su caballería les llevó a estamparse contra la disciplinada infantería española, pólvora y picas, que en una posición de ventaja –elegida meticulosamente por el Gran Capitán– rechazó al impetuoso enemigo y que luego se lanzó en su persecución. Ceriñola significó para la carrera del Gran Capitán su obra maestra y la culminación de las escalonadas reformas que había introducido en la infantería.

El Gran Capitan
Cuadro de Federico Madrazo y Kuntz de la batalla de Ceriñola.

Por su parte, la batalla de Garigliano estuvo marcada por las adversas condiciones climáticas, la copiosa lluvia tuvo el capricho de incordiar las operaciones militares que habían sido precedidas por una algarabía de obras de ingeniería –la realización de varios puentes flotantes por cada bando– dispuestos con el fin de adquirir una resuelta ventaja. Cuando el hambre y la insuficiencia de suministros desangraban la energía de ambos ejércitos, los ingenieros españoles cobraron ventaja al construir un puente de pontones que los castellanos emplearon para arrojarse sobre la vanguardia francesa, que huyó en desbandada. El movimiento táctico fue digno de la fama del Gran Capitán; sin embargo, la apresurada retirada de los franceses le privó de un enfrentamiento frontal. En consecuencia, habría que matizar que la batalla de Garigliano no fue tal, sino una catastrófica huida gala.    

¿Cuál es el problema entonces? Pues que Gonzalo Fernández de Córdoba fue el primero de muchos capitanes y comandantes que contribuyeron a cimentar un siglo y medio de indiscutible hegemonía hispana. Un imperio militar que requería urgentemente de héroes a los que alzar junto a los clásicos romanos: conquistadores insaciables, pulcros combatientes. España exigía de una mitología propia. El Gran Capitán, García de Paredes (el Sansón extremeño), el estrafalario Pedro Navarro, Hernán Cortes y otros muchos sirvieron las cartas.  

En la persona de Gonzalo Fernández de Córdoba confluyeron lo desconocido de su figura con la necesidad de inventar un solemne origen a nuestra hegemonía –también auspiciamos un final digno donde no era: en Rocroi–. ¿El padre de los tercios? ¿Un revolucionario de los aspectos militares? ¿Nuestro mejor comandante? Los insuficientes documentos de la época son incapaces de dar una respuesta clara a estas cuestiones; no así las crónicas, relaciones, odas y demás textos publicados durante los reinados de Carlos V (muy poco después del retiro y muerte del Gran Capitán) y de Felipe II, que elevaban a la excelencia la vida del cordobés más ilustre, y que convirtieron, por ejemplo, la huida francesa de Garigliano en la fastuosa batalla de Garigliano.

De esta forma, aún de abrumador talento –pocos se ganan el reconocimiento del enemigo batido-, debemos cuestionar muchos de sus hechos. Por ejemplo, su participación en la guerra de Sucesión Castellana y en la de Granada, igualmente discreta, parece ligeramente hinchada para achacar ciertos méritos a un noble que en su madurez permanecía inédito en lo que a importantes acciones militares se refería. A su vez, debemos poner bajo sospecha su contribución en la creación de los Tercios Castellanos. Si bien el Gran Capitán mostró mucho interés en aumentar las prestaciones de la infantería, quizá su mayor mérito fue la  sustitución masiva de las ballestas por arcabuces, no se conservan tratados militares o pruebas fehacientes de que el  cordobés introdujera sustanciales modificaciones en las técnicas militares. Sin ir más lejos, la inclusión de grandes cuadros de piqueros, ideados por los mercenarios suizos, ya se empleaban en Castilla durante la Guerra de Granada (en las que el Gran Capitán no ejercía el mando). El Gran Capitán fue un gran táctico y un excepcional estratega, pero las fuentes son incapaces de demostrar que fuera un ideólogo de una nueva forma de guerrear.

Monumento al Gran Capitan
Estatua Gran Capitán en Cordoba.

Para añadir más leña al mito, el relato se detiene –más bien se deleita– en la traición que su rey le infringió. Tras derrotar definitivamente a los franceses, Fernando el Católico mantuvo como virrey de Nápoles al Gran Capitán por cuatro años; después, haciéndose eco de los rumores de corruptela –y quizá también por recelo a su gloria– el monarca le pidió que regresara a España. La historia del héroe caído en desgracia por la vileza del acomodado señor feudal.

No será en este país donde nos sorprenda que un servidor de la patria no fue bien recompensado por sus méritos –desde luego no sería el primero ni el último–, pero debemos restar dramatismo al suceso, puesto que el retiro del Gran Capitán distó de ser degradante y, en varias ocasiones, el monarca meditó enviarle de nuevo a Italia. Sus hazañas no habían sido pagados justamente, pero ni se murió de pena ni perdió completamente el favor real. Lo único que extravió definitivamente fue la vida a los 62 años en su anhelada Granada a causa de un brote de fiebres cuartanas, enfermedad que sufría periódicamente. La tragedia quedaba dispuesta para ser moldeada a placer por los escribanos de la emergente monarquía hispánica.

Si bien para tumbar los mitos primero es necesario creer en ellos, y aquí solo han dejado ruinas (“miré los muros de una patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados”), también es exigible discernir realidad de literatura. La biografía documentada de Gonzalo Fernández de Córdoba  alcanza para pocas filigranas, pero si es capaz de trazar la figura de un apasionante general ¿Para que inventarse un héroe mitológico donde sabemos que habitaba un soberbio mortal?

 

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