EL HIJO DEL EMPERADOR

Don Juan de Austria: el niño callejero que se convirtió en el héroe de Lepanto

El 7 de octubre de 1571, el hermano del rey Felipe II condujo a la flota cristiana hacia la «más alta ocasión que han visto los siglos»: la batalla de Lepanto. Solo unos pocos años antes, el joven don Juan de Austria había descubierto quién era su padre

Don Juan de Austria en su infancia

 

 

Autor: César Cervera

Como si de una historia de la factoría Disney se tratara, don Juan de Austria, héroe de la batalla de Lepanto y uno de los pocos españoles inmunes a la leyenda negra, pasó en pocos años de ser un niño huérfano criado en las calles de Leganés a ser el hijo reconocido del emperador Carlos V.

Entre las muchas infidelidades de Carlos I de España, que tuvo al menos cinco hijos fuera del matrimonio, destaca la historia de don Juan de Austria. Su madre, Bárbara Blomberg, era una dama alemana que Carlos I conoció en 1546 cuando acudió a la Dieta Imperial en Ratisbona. Y aunque el emperador del Sacro Imperio Germano y Rey de «las Españas» no reconoció al niño como hijo suyo a su nacimiento, sí se preocupó de que recibiera una educación acorde a su condición.

Sobre su fecha de su nacimiento se desconoce si fue en 1545, como pensaban sus contemporáneos, o en 1547. No en vano, en el perfil que Henry Kamen hace del general español en su libro «Poder y gloria: Héroes de la España imperial» se destaca la obsesión del hermano de Felipe II por aparentar repetidas veces menos años de los que tenía. Así no es sorprendente que las fuentes se muestren siempre contradictorias. De lo que no cabe duda es que el niño fue bautizado como «Jerónimo» o «Jeromín» debido probablemente a que la madre se casó al poco tiempo con Jerónimo Píramo Kegell. Era, en consecuencia, una forma de guardar las apariencias.

Retrato de Don Juan de AustriaRetrato de Don Juan de Austria

Sin embargo, Jeromín rápidamente se trasladó a España por expreso deseo de Carlos I. Su mayordomo, don Luis de Quijada, llegó a un acuerdo con Francisco Massy, violista de la corte imperial, casado con una española, Ana de Medina, por el cual a cambio de cincuenta ducados anuales se comprometía a educar al niño en Leganés, donde su esposa tenía tierras. En Leganés el hijo natural del emperador que dominaba media Europa participó como uno más de los juegos infantiles en las calles de esta localidad.

En el verano de 1554, don Luis de Quijada consideró que la educación del hijo del Rey no cumplía con las condiciones firmadas y trasladó al niño a Villagarcía de Campos (Valladolid). Su esposa, doña Magdalena de Ulloa, se hizo cargo de su educación, auxiliada por el maestro de latín Guillén Prieto, el capellán García de Morales y el escudero Juan Galarza.

Aunque nunca lo reconoció públicamente en vida, Carlos I de España a su abdicación en 1555 concedió la Orden del Toisón de Oro a Jeromín y dejó escrito en su testamento: «Por cuando estando yo en Alemania, después que enviudé, tuve un hijo natural de una mujer soltera, el que se llama Jerónimo». Ya en el Monasterio de Yuste, el Rey ordenó a don Luis de Quijada que fuese a vivir al pueblo extremeño y pidió conocer al niño en persona.

Héroe de la batalla de Lepanto

Pero hubo que esperar hasta la muerte del emperador para que Jeromín conociera su auténtico origen. Felipe II se enteró de la existencia de su hermano por el testamento y se reunió con él a mediados de septiembre de 1559 en Valladolid. El Monarca, siguiendo las indicaciones de su padre Carlos, reconoció al niño como miembro de la Familia Real. No en vano, el testamento de Carlos I dejaba el resto de detalles, como por ejemplo la futura posición en la corte del joven, en manos de la benevolencia de Felipe II. Por lo pronto, ordenó que le cambiaran el nombre por don Juan de Austria, que consideraba más masculino, y le otorgó casa propia, a cuyo frente puso a don Luis de Quijada.

Con los años don Juan de Austria se convirtió en un fiel reflejo de lo que había sido su padre y de lo que nunca pudo ser Felipe II: un hábil jinete, un rápido espadachín, un hombre desbordante de ánimo y un amante de la guerra. Tras sofocar la Rebelión de las Alpujarras –donde su tutor Luis de Quijada sacrificó su vida para salvarle durante una emboscada de los moriscos–, don Juan de Austria se postuló para encabezar la coalición cristiana que pretendía hacer frente a la temida flota otomana.

Felipe II no puso impedimentos a que su hermano alzara el estandarte de la Santa Liga, pero la decisión corrió directamente a cargo del Papa Pío V, que tenía al joven general por un designado de Dios. Don Juan de Austria tuvo un ejercicio perfecto en la batalla de Lepanto. Empleó su afable carácter para mantener en calma las tensas relaciones con Venecia y supo compensar su poca experiencia –solo tenía 24 años– dando voz a consejeros más curtidos en la mar como el irrepetible Álvaro de Bazán que con sus acciones en la retaguardia solapó las brechas.

Juan de Austria se reune con su hermano el Rey, Felipe II
Don Juan de Austria se reune con su hermano el Rey, Felipe II

Alzado como héroe en toda la Cristiandad, el joven general fue elegido gobernador de los Países Bajos españoles en 1576 por Felipe II. Un laberinto político del que no supo salir y que le labró la desconfianza de su hermano, quien empezó a sospechar que el héroe de Lepanto tramaba arrebatarle la Corona.

En poco tiempo, Don Juan se encontró aislado políticamente, sin las tropas ni el dinero necesarios para sofocar la rebelión en Flandes. El héroe de Lepanto, que había tratado de alcanzar una solución por la vía pacifica, acabó pidiendo, hastiado de las falsas promesas rebeldes, el regreso de los Tercios viejos y de su sobrino y amigo Alejandro Farnesio. En el primer encuentro, la batalla de Gembloux, 17.000 soldados del bando hispano se impusieron a 25.000 rebeldes holandeses –en realidad era un mosaico de nacionalidades, como los propios Tercios–. No obstante, la batalla había comenzado en contra de los intereses hispanos, cuando un capitán español se excedió en sus órdenes y avanzó en demasía, auspiciando que los rebeldes los flanquearan. Alejandro Farnesio, a la cabeza de la caballería, se encargó de alejar las dudas.

Antes de iniciar la carga que determinó la batalla, Farnesio se dirigió a su paje en estas palabras:

“Id a Juan de Austria y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy”. 

La victoria fue de entidad, con 34 banderas capturadas y 10.000 bajas holandesas. Sin embargo, don Juan de Austria no estaba nada contento con la actuación de Alejandro Farnesio que había arriesgado su vida en las repetidas cargas “como si fuera un soldado y no un general”. El Rayo de la Guerra replicó a su tío que “él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiera hecho primero el oficio de soldado”.

Juan de Austria continuó la campaña militar hasta que su salud lo permitió. Al conocer la muerte de su secretario Juan de Escobedo en marzo de 1578, quien había viajado a Madrid a pedir más recursos, don Juan entró en un estado de depresión, al tiempo que contraía la enfermedad del tifus. Su estado se agravó a finales de septiembre, estando en un campamento en torno a la sitiada ciudad de Namur (Bélgica). Algunos historiadores han apuntado a que la causa final de su muerte fue desangrado tras una operación fallida de hemorroides. El día 28 nombró sucesor en el gobierno de los Países Bajos a su sobrino Alejandro Farnesio. Y escribió a su hermano, antes de morir el día 1 de octubre a los 31 años, pidiéndole que respetase este nombramiento y que le permitiera ser enterrado junto a su padre.

El cadáver de don Juan de Austria fue llevado a España, después de ser seccionado en tres partes para evitar que pudiera caer en manos enemigas, y actualmente reposa en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Fuentes:

Artículo también publicado en ABC.es

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